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Un cuerpo para lo que queda
Un cuerpo para lo que queda
Hay experiencias que permanecen más allá del instante en que suceden. Se inscriben en un territorio, se acumulan en un archivo, reaparecen en una imagen; toman la forma de un nombre, una cifra o una materia que conserva las marcas del tiempo. Las obras reunidas en Un cuerpo para lo que queda se aproximan a estos rastros y a las formas que construimos para hacerlos visibles, contenerlos o intentar recuperarlos. No como registros intactos de aquello que fue, sino como cuerpos parciales desde los cuales el pasado vuelve a hacerse presente.
En la práctica de Andrea Linares, el paisaje y el archivo funcionan como espacios donde distintas temporalidades se encuentran. En Paisaje I, imágenes provenientes de archivos históricos dialogan con la vegetación entendida como testigo y contenedora de memoria. El paisaje deja así de ser únicamente aquello que se observa para convertirse en aquello que guarda: información, historia y huellas que continúan transformándose en el presente. La fragilidad de la pieza y la sutileza de su montaje parecen trasladar esa condición de la memoria a su propia forma: algo que está y, al mismo tiempo, apenas se deja ver; una presencia que intenta manifestarse sin llegar nunca a imponerse. En mi cabeza palpitan filamentos donde el lenguaje desaparece, el archivo se desplaza hacia lo cotidiano. Fotografías tomadas espontáneamente con el celular registran objetos, gestos y situaciones vinculados al cambio, el contagio y la transformación. Al regresar sobre ellas, la acumulación revela algo que no era necesariamente consciente en el momento de fotografiar: aquello hacia donde se dirige la mirada y que sólo después somos capaces de reconocer.
Esta distancia entre la experiencia y aquello que logramos conservar de ella atraviesa también la obra de Lisa Gutiérrez. La memoria, la nostalgia, la pérdida y la afección encuentran cuerpo a través de procesos textiles lentos y del trabajo manual. En Persiguiendo la niebla, las palabras “TRATA DE RECORDAR” emergen del tejido como una instrucción que contiene ya la dificultad de aquello que pide. Recordar es también transformar. En obras como Topografías y Afección, las texturas y formas orgánicas trasladadas al tejido pueden evocar cerebros u otras anatomías, pero también estratos, relieves o capas de tierra. En esa ambivalencia entre lo orgánico del cuerpo humano y lo orgánico del territorio, ambos aparecen como superficies capaces de acumular tiempo y conservar huellas. La memoria puede entonces pensarse como una forma de sedimentación: algo que se deposita, se superpone y modifica el cuerpo que la contiene. Cuerpo como vasija y Tiempo Contenido prolongan esta operación al sugerir la posibilidad de dar materia y volumen a aquello que no puede permanecer intacto: hacer del cuerpo un lugar donde algo pueda alojarse.
Para Luisa Mendoza, hacer visible aquello que permanece adquiere una dimensión política. 32,850 convierte en neón rojo la cifra de agresiones sexuales contra mujeres en México durante 2024. Al adoptar el lenguaje visual de bares y espacios recreativos nocturnos, el dato se camufla en un entorno relacionado con parte de la violencia que señala. Frente a la abstracción de la estadística, Me robé una flor de tu jardín recurre al nombre. Magnolia, Violeta, Rosa, Jazmín, Begonia o Iris nombran a la vez flores y mujeres. Entre la flor sustraída y el nombre que permanece, la obra hace de una presencia el indicio de una ausencia.
Una cifra, un nombre, una fotografía, un paisaje, un tejido: cada uno puede convertirse en un cuerpo para aquello que persiste. Pero ninguno consigue contenerlo por completo. Entre la experiencia y su registro queda siempre una distancia; entre la memoria y aquello que intenta recuperar, una transformación. Es precisamente en ese intervalo —entre lo que permanece y lo que se escapa— donde estas obras encuentran una forma para lo que queda.
Ciudad de Mexico, 2026
Polina Stroganova