Artista internacional
Sublime Magnificencia
Sublime Magnificencia
Marta Moreno
Curada por Regina Alencaster
"Fragmentos de sol sembrados en el manto negro de la noche." "Fuegos fatuos o bandadas de luciérnagas." "Las altísimas llamaradas como constelaciones bellísimas." Así describieron los periodistas mexicanos del Porfiriato el espectáculo de los fuegos artificiales. Cabe preguntarse cómo un invento nacido de la pólvora, un artefacto concebido para la guerra, llegó también a instalarse en el centro de la fiesta, y cómo terminó descrito con las palabras más dulces, como un auténtico trance de los sentidos.
Esa paradoja revela una contradicción que habita en un mismo origen. La pirotecnia, el arte del fuego, y la artillería, aquella "máquina espantosa de los tiros de bronce", nacen de la misma sustancia y, sin embargo, provocan reacciones opuestas: la segunda provoca huida y rechazo instintivo; la primera, aunque simula un estruendo capaz de espantar hasta a los espíritus más malignos según la tradición china, se convierte en espectáculo cercano, propio del gozo y el regocijo, digno de asombro y contemplación. Un artefacto capaz, encendido, de alcanzar temperaturas suficientes para fundir oro termina, así, depositado en las manos de niños y familias, para celebrar el inicio de una nueva etapa.
Como lo indica María del Carmen Vázquez Mantecón en su libro Cohetes de regocijo: Una interpretación de la fiesta mexicana “A la pirotecnia festiva que ocurre en el cielo nocturno le gusta recrear los variados fenómenos que suceden en el mismo firmamento, por su inmensa belleza y por sus designios de atracción, pronóstico, misterio, seducción y, sobre todo, temor”.
Un temor equiparable al deleite terrible que describió Burke, aquel terror que únicamente deleita cuando se experimenta a una distancia segura. Lo oscuro, lo vasto, lo infinito, el poder desmedido, la dificultad y la magnificencia son, para Burke, las fuentes de esa emoción; todo aquello capaz de sugerir peligro, sin llegar a dañar, produce la sensación estética más intensa que puede experimentar la mente humana: una muerte contemplada a segura distancia, la naturaleza devastadora, infinita e incomprensible, ante los pies de un hombre diminuto y finito.
Cabe entonces leer la pirotecnia, en un sentido trascendental, a dos mil años de las primeras representaciones que anteceden a los hanabis de Marta Moreno: nacida como protección ritual, y ante la maravilla del poder del fuego en el cielo, se convirtió en emulación finita de fenómenos infinitos frente a los cuales el ser humano se maravilla.
De día, el arcoíris, las coronas de sol, las nubes, las nieblas, los atardeceres y los amaneceres; de noche, las estrellas, los cometas, las auroras boreales, los rayos. El cielo, tan distinto del hombre y de su espacio vital, revela directamente su trascendencia, su magnitud y su carácter sagrado.
Es posible contemplar, entonces, la obra de Marta Moreno como un intento de bordar el infinito, de retratar un instante de contemplación frente al firmamento. A través de un conjunto de piezas que conforman un gran mural de estrellas vistas a simple vista, la obra permite experimentar, desde una distancia segura, la sublimidad misma.