Proyecto invitado — Otro Espacio
Plaga de fin de milenio en las artes visuales
Plaga de fin de milenio en las artes visuales
Este mundo requiere de manifestaciones artísticas capaces de rescatar el valor del acto humano, de suyo efímero, arremetido contra la fetichización del objeto y contra los hábitos y tabúes, mitos y fobias, tanto artísticas como políticas y culturales. Para ello tiene a su disposición las ideas frías, el juego, el buen sentido del humor o los gritos expresionistas y pueden usar galerías y museos o ir a la clandestinidad.
Juan Acha
Durante mucho tiempo cualquier ejercicio de selección me produjo cierta incomodidad. Convocatorias, residencias, posgrados o empleos me recordaban que toda elección implica, inevitablemente, dejar a alguien fuera. Quizá por eso siempre me interesaron más los espacios donde cualquiera pudiera entrar a bailar sin esperar a que alguien lo escogiera; más la autogestión que la fila para pedir permiso.
Con esos antecedentes, las preguntas en torno a la curaduría se volvieron inevitables. Por un lado, la tendencia de llamar curaduría a cualquier ejercicio de selección; por otro, la necesidad de pensar cómo construir prácticas que respondan realmente al trabajo artístico y no únicamente a las redes de afinidad, como con demasiada frecuencia ocurre en el arte contemporáneo.
Al buscar la palabra curador aparecen definiciones que hablan de seleccionar, organizar y articular obras en torno a un discurso. El diccionario, más sobrio, simplemente dice: quien cuida algo. En el mejor de los casos, la curaduría es precisamente eso: un trabajo de cuidado. Un ejercicio editorial sustentado en el conocimiento de la producción artística, la capacidad de establecer relaciones entre las obras y la responsabilidad de hacer posible que un proyecto exista. También implica gestionar recursos, negociar instituciones y asumir decisiones. Algo así como un hombre deconstruido... pero que sí resuelve, según TikTok.
Sin embargo, hoy la figura del curador parece debatirse entre dos caricaturas. Está el curador institucional, cuya firma continúa funcionando como un mecanismo de legitimación, aunque rara vez cargue con los riesgos económicos, políticos o afectivos que implica producir una obra. Y el curador independiente, para quien basta organizar una exposición entre amistades para adjudicarse un lugar dentro de la cadena de validación y alzarse el cuello. En ambos casos, la curaduría corre el riesgo de convertirse menos en una práctica crítica y ser únicamente una acción de alabanzas mutuas.
Las bienales son quizá el ejemplo más evidente de ese desplazamiento. Comités, jurados y equipos curatoriales determinan qué narrativas circularán y qué artistas serán leídos como representativos de una época. No se trata de negar la necesidad de estos procesos, sino de preguntarnos bajo qué criterios operan, qué relaciones de poder sostienen y quién asume la responsabilidad de esas decisiones.
Es desde ahí que me interesa pensar Otro Espacio. Aunque reivindicamos la independencia, la experimentación y el trabajo con artistas emergentes, seguimos reproduciendo muchos de los hábitos que criticamos de las instituciones y de eso que llamamos "el gran centro". También nosotros aspiramos al museo, a la gran colección, al texto firmado por la persona correcta. No hay nada especialmente perverso en desear reconocimiento; el problema comienza cuando confundimos el reconocimiento con el valor de una práctica.
Quizá la tarea no sea inventar otra autoridad, sino aprender a construir otras formas de organización. Profesionalizar la curaduría sin volverla una burocracia del gusto. Fortalecer las redes entre artistas sin convertirlas en clubes privados. Asumir que toda selección implica una responsabilidad y no sólo un privilegio.
No sé cómo, pero tengo una ventaja: puedo jugar la carta de venir del "gran sur". Al final, todo ejercicio de poder necesita un buen discurso para disfrazarse de postura crítica.
Así que, si le interesa un texto curatorial, comuníquese al 951 248 2396. O mejor aún, escríbeme si quiere que juguemos a organizarnos frente al sistema del arte.
Mitzy Cuevas