Refugio Garambullo
Hay algo que sólo aparece cuando se vuelve.
Hay algo que sólo aparece cuando se vuelve.
Texto por Paola J. Jasso
Por tercer año regresé a Garambullo y a Colón para acompañar la residencia dentro del programa de Refugio Garambullo. Volvimos a algunos lugares que ya conocíamos, pero también caminamos hacia otros. Recorrimos el Cañón del Paraíso, caminamos dentro del agua, nos dejamos guiar por los perros del lugar que conocían mejor que nosotros el camino. Escuchamos ranas y cigarras, nos detuvimos a mirar las piedras y sus curvas, los helechos y la diversidad de minúsculos líquenes y musgos. Entramos a las capillas familiares otomíes y miramos sus murales, para observar imágenes que se elaboraron desde el sincretismo. Siempre sorprendente que el desierto, que tantas veces es percibido como carencia, también guarda semillas que florecen y frutas dulcísimas, volver al sabor del garambullo.
Insistir en un lugar tiene algo de eso, descubrir que nunca se vuelve exactamente al mismo sitio. Esta edición, la residencia se compartió con Raquel Palominos y Salvador Banda. Ambos parten de la línea para construir su propio lenguaje, cada quien pensando desde materiales y superficies muy particulares. Raquel Palominos encuentra en el papel amate un soporte que ya contiene una historia, una materia que viene del árbol, donde ya hay figuras creadas por el tiempo y el crecimiento de las vetas, pero le sirven como una inspiración para que de esas formas vayan surgiendo otras propias, a partir de ideas, experiencias y sueños. Salvador sitúa su práctica entre el espacio y su continua reconfiguración, en esta ocasión, desde la herrería, piensa la relación entre en la línea y lo escultórico, llevándola hacia el peso, el volumen y la tensión del metal suspendido. Entre una y otra práctica, comenzamos a pensar qué significa trasladar una experiencia a una línea.
Hablar de ríos y piedras nos llevó también a hablar de representación. ¿Cómo se dibuja aquello que se mueve? ¿Cómo se vuelve línea una corriente de agua, una memoria, una aparición? ¿Qué sucede cuando una línea deja de describir una forma y empieza a seguir una vivencia?
Tal vez, dibujar sea, llevar una línea a caminar. Pero aquí la línea no empezó en el papel ni en el metal. Antes caminó con nosotros. Caminó por el agua, se detuvo frente a una piedra, siguió un río, atravesó una ventana. Se dejó afectar por las conversaciones sobre lo divino y lo natural, por las formas en que la espiritualidad aparece en el paisaje y por esa posibilidad de que la naturaleza conserve algo que todavía no sabemos nombrar del todo.
Paul Klee ya lo vislumbraba en Pedagogical sketchbook (1925): “An active line on a walk, moving freely, without goal. A walk for a walk’s sake. The mobility agent is a point, shifting its position forward.” Pensar la línea desde ahí permitió que el dibujo apareciera también como una forma de trasladar la experiencia del recorrido como la huella de un movimiento, tal vez el recuerdo. Una línea que camina, que avanza sin saber del todo hacia dónde, que se desvía, enreda, encuentra y acompaña. Justo en ese desplazamiento, va haciendo visibles relaciones que antes no estaban dadas.
Después de tres años de compartir garambullos, empiezo a pensar que volver no significa repetir. Volver es insistir. Y quizá ahora puedo responder, aunque sea parcialmente, a la pregunta que titula este texto: ¿qué es eso que sólo aparece cuando se vuelve?
Tal vez la relación que se va formando entre quienes caminan y aquello que se deja caminar. Una intimidad que no surge de una primera mirada, sino del tiempo, de la repetición, de recordar un camino y descubrir que ha cambiado; de reconocer algo y, al mismo tiempo, volver a verlo como si fuera la primera vez. Insistir hasta que algo brota, siempre mutante, siempre otrxs.