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El cuerpo no termina en la piel
El cuerpo no termina en la piel
Entiéndanse los cuerpos como mapas de poder y de identidad. Desde una epistemología epidérmica, esta muestra cuestiona el límite identitario encapsulado en sí mismo. Las obras de Alexis Luna, Fernanda Téllez y Carolina Fuentes parten de introspecciones afectivas, artefactos tecnológicos —y, por ende, prostéticos— y una atención particular a la piel como superficie, territorio cambiante y extensión de unx mismx. En ellas, el cuerpo deja de ser una entidad delimitada para convertirse en un espacio de intercambio.
El cyborg de Donna Haraway, figura híbrida que transgrede las fronteras entre cuerpo y máquina, ficción y realidad, nos permite pensar la tecnología como parte de la transformación corporal. Los contextos explorados en las obras comprometen la parcialidad, la intimidad y la perversidad. Son espacios de fricción en los que organismo y entorno, naturaleza y tecnología, memoria y experiencia dejan de actuar como opuestos para revelar formas de habitar un mundo poroso.
Luna construye cuerpos andróginos, sin rostro, que se funden con objetos, vestimentas y superficies sensorialmente saturadas. A través de la fotografía, la ficción y la pintura, imagina mundos que funcionan como refugio y como espacios para ensayar alternativas de residir en el interior. En sus imágenes, la piel deja de ser una frontera: la ropa, los objetos y las herramientas adquieren una intensidad corporal y comienzan a formar parte de nosotrxs.
En el trabajo de Téllez, imágenes satelitales, flujos de agua, carreteras, automóviles y topografías revelan parentescos entre estructuras: paisaje, cuerpo. La tecnología amplía y desplaza la mirada, mientras el automóvil aparece como máquina, guarida, y extremidad. Entre velocidad y contemplación, carretera y hogar, Téllez propone un panorama que no es fondo ni escenario, sino organismo: materia viva atravesada por flujos.
Para Fuentes, el territorio se construye desde el movimiento y la memoria. En su serie más reciente Cartografías para no perderse, la ciudad natal, la ciudad actual y la autopista conforman una geografía atravesada por la pérdida, la migración y el restablecimiento. La fotografía opera como metodología para documentar la deriva y el recuerdo. Entre experiencia y evocación, sus imágenes preguntan cómo construimos sentidos de pertenencia en los espacios que arraigamos. Y si nos fiamos de la memoria para su edificación ¿de qué nos estamos fiando?
El cuerpo no termina en la piel propone alojarse en esas zonas de incertidumbre: reconocer que el cuerpo contiene parajes; que una máquina puede convertirse en abrigo; que la memoria transforma las esferas que creemos conocer; y que la tecnología propicia la extención y mutación del cuerpo. Frente a un mundo afectado por desplazamientos y rápidas transformaciones, las obras proponen aceptar la inestabilidad como condición de existencia. Construir y destruir, una y otra vez, cuerpos, coyunturas e identidades. Aprender a vivirnos como seres incompletos, híbridos y permeables; como criaturas dependientes de la intrínseca interconectividad de la existencia.
Romina Beltrán Lazo